Enero tiene la misma duración que otros meses del calendario, pero para muchas personas se percibe como el más largo del año. Esta sensación se ha difundido durante décadas y se mantiene vigente en conversaciones cotidianas y redes sociales.
Diversos factores se han señalado para explicar esta percepción del tiempo, entre ellos el clima invernal, los días con menos horas de luz, el regreso a la escuela o al trabajo y los gastos posteriores a las celebraciones de fin de año. Estos elementos influyen en el estado de ánimo y en la rutina diaria.
Desde la neurociencia, una de las explicaciones con mayor respaldo es la llamada “hipótesis del reloj de dopamina”. Este enfoque plantea que las emociones y las expectativas modifican la forma en que el cerebro mide el paso del tiempo.
La dopamina, un neurotransmisor asociado a la motivación y la recompensa, participa en los mecanismos cerebrales que regulan la percepción temporal. Cuando disminuyen los estímulos positivos o se reducen las expectativas, el tiempo puede percibirse como más lento.
Especialistas señalan que durante el invierno aumentan los reportes de cansancio, aislamiento y síntomas depresivos en comparación con otras estaciones. Estas condiciones influyen en la actividad del sistema dopaminérgico y, con ello, en la forma en que se experimentan los lapsos prolongados, como el mes de enero.











