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Praxis
1 de febrero de 2026

La salida de Adán Augusto López Hernández de la presidencia del Senado no es un simple relevo administrativo. Es un movimiento quirúrgico que responde a dos factores que Morena ya no puede seguir pateando debajo de la alfombra: los señalamientos que rodean a Adán Augusto y la urgencia de reordenar el poder rumbo a los próximos procesos electorales, donde Puebla vuelve a ser el epicentro del ajedrez nacional.
La primera vertiente es incómoda, pero inevitable. Desde hace meses, se han documentado los presuntos nexos entre el círculo político de Adán Augusto y el grupo criminal conocido como “La Barredora”, particularmente durante su paso por Tabasco.
Morena, que ha construido su narrativa bajo el estandarte de la “autoridad moral”, entiende que cargar con un liderazgo parlamentario bajo sospecha es un riesgo político mayúsculo, sobre todo cuando el discurso oficial insiste en la lucha contra la corrupción y el crimen organizado.
En tiempos electorales, las percepciones pesan tanto como las sentencias, y Adán Augusto dejó de ser opción y se volvió en un estorbo. Su salida del Senado es evidentemente un intento de contención de daños antes de que el ruido se convierta en escándalo estructural.
La segunda vertiente es reveladora con la llegada de Ignacio Mier Velazco a una posición de mayor peso legislativo que no es casualidad, es estrategia. Morena sabe que el 2027 ya empezó y que Puebla es un estado clave a nivel federal, por los votos que representa y por tener una clase política que ha demostrado capacidad para inclinar balanzas nacionales.
Nacho Mier no es un improvisado. Tiene operación y, sobre todo, representa a un grupo político poblano que no está dispuesto a jugar como actor secundario. Su arribo al Senado fortalece su proyección nacional y lo coloca en una posición privilegiada para incidir en decisiones clave rumbo a los próximos años: candidaturas, alianzas internas y definición de rutas legislativas con impacto electoral.
Para Morena, garantiza control político en un estado estratégico. Para el propio Ignacio Mier, el movimiento lo coloca en el radar de escenarios futuros donde su nombre ya no se limita al ámbito legislativo, sino al de otras aspiraciones políticas.
En pocas palabras Adán Augusto sale porque estorba; Nacho Mier entra porque suma. Morena ajusta piezas, cierra filas y manda un mensaje claro: no habrá sentimentalismos cuando el poder y las elecciones están en juego.
Y el Senado se convierte, una vez más, en antesala de las batallas que vienen… y Puebla, otra vez, juega en primera línea.




