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En Línea Deportiva
14 de junio de 2026

El error que cometemos con Rafa Márquez es confundir a un entrenador con un verdadero Seleccionador Nacional.
Amigo lector, la semana pasada sostuve en este mismo espacio que Rafa Márquez aún no está listo para convertirse en el próximo Seleccionador Nacional rumbo al Mundial de 2030.
Muchos estuvieron de acuerdo.
Otros no.
Y es perfectamente normal.
Porque cuando se toca a una figura del tamaño de Rafa, las opiniones suelen dividirse.
Sin embargo, después de aquella columna me quedó una pregunta dando vueltas en la cabeza.
¿Qué es exactamente un Seleccionador Nacional?
¿Y qué diferencia existe entre un entrenador exitoso y un hombre capaz de conducir a todo un país hasta conquistar una Copa del Mundo?
Por eso decidí revisar la historia de todos los campeones mundiales desde Uruguay 1930 hasta Qatar 2022.
Analizar quiénes fueron.
Cómo llegaron.
Qué características compartían.
Y sobre todo entender qué convierte a un hombre en un verdadero Seleccionador Nacional.
La conclusión es contundente.
Los Mundiales no los ganan los entrenadores.
Los ganan los Seleccionadores.
Y la diferencia entre unos y otros es mucho más grande de lo que imaginamos.
Porque una cosa es dirigir un equipo.
Otra muy distinta es conducir el destino futbolístico de una nación entera durante un proceso de cuatro años.
Y la historia demuestra que muy pocos hombres han sido capaces de hacerlo.
Los resultados son sorprendentes.
Mire usted.
Desde Uruguay 1930 hasta Qatar 2022 se han disputado veintidós Copas del Mundo.
Sin embargo, solamente veintiún hombres han logrado sentarse en el banquillo de una selección campeona.
Es un hombre menos que copas disputadas.
Porque Vittorio Pozzo continúa siendo el único ser humano capaz de ganar dos Copas del Mundo consecutivas.
Italia 1934.
Italia 1938.
Noventa años después nadie ha podido repetir semejante hazaña.
Así de difícil es ganar un Mundial.
Así de exclusivo es ese club.
Aunque quizás exista una excepción, el Flaco Menotti Ganó la copa de 1978 y tuvo mucho que ver en la Copa de 2022.
Atrás del telón, Menotti era la mano que mecía la cuna Argentina y el “oráculo” al que todas las mañanas y todas las noches recurrían Scaloni y su cuerpo técnico para encontrar respuestas cuando aparecían las dudas.
Y aquí aparece la primera gran conclusión.
Los Mundiales no se ganan por accidente.
No se ganan por suerte.
No se ganan únicamente por tener buenos futbolistas.
Los Mundiales son la culminación de proyectos deportivos que normalmente tardan años en construirse.
Por eso resulta tan interesante estudiar a los hombres que estuvieron detrás de cada título.
Porque cuando uno analiza a Vittorio Pozzo, Mario Zagallo, Franz Beckenbauer, César Luis Menotti, Carlos Salvador Bilardo, Vicente del Bosque, Didier Deschamps o Lionel Scaloni descubre algo muy particular.
Todos eran diferentes.
Algunos eran obsesivos de la táctica.
Otros privilegiaban el manejo de grupo.
Algunos apostaban por la posesión.
Otros por el orden defensivo.
Sin embargo, todos compartían algo.
Conocían perfectamente el entorno que estaban dirigiendo.
Y eso nos lleva a un dato que me parece brutal.
En casi cien años de historia mundialista ningún entrenador extranjero ha logrado ser Campeón del Mundo dirigiendo una selección distinta a la de su país de origen.
Ninguno.
Cero.
La estadística es contundente.
Y nos habla de algo que muchas veces subestimamos.
La identidad.
La cultura.
La comunicación.
La capacidad de interpretar el sentir de un vestidor y de una nación entera.
Por eso ser Seleccionador Nacional implica mucho más que saber de fútbol.
Implica representar una manera de entender el fútbol.
Y también una manera de entender a un país.
Ahora bien.
Existe otro aspecto que pocas veces se analiza.
La influencia real que tiene un Seleccionador durante una Copa del Mundo.
Porque tampoco debemos caer en el error de creer que todo depende de él.
Los jugadores siguen siendo los protagonistas.
Son ellos quienes ejecutan.
Son ellos quienes toman decisiones dentro del campo.
Pero conforme avanza un Mundial el peso específico del Seleccionador crece de manera considerable.
Para un servidor, durante la fase de grupos la influencia del técnico ronda entre un 25 y un 30 por ciento.
Es la etapa donde administra cargas físicas.
Gestiona emociones.
Evita excesos de confianza.
Corrige errores.
Y protege al grupo de las turbulencias externas.
Pero cuando llega la eliminación directa todo cambia.
Porque desaparece el margen de error.
Ya no existe mañana.
Y ahí la influencia del Seleccionador aumenta aproximadamente hasta un 40 por ciento.
Cada modificación cuenta.
Cada ajuste táctico pesa.
Cada decisión puede definir el destino de una generación completa.
Es la etapa donde aparecen las lecturas finas.
Las correcciones sobre la marcha.
Las decisiones valientes.
Y finalmente llegamos al partido más importante de todos.
La Gran Final.
Para un servidor es ahí donde el Seleccionador alcanza su máxima influencia.
Cincuenta por ciento.
Sí.
La mitad del resultado.
Porque una Final del Mundo ya no se juega únicamente con las piernas.
Se juega con la cabeza.
Con la personalidad.
Con la experiencia.
Con el manejo emocional.
Con la capacidad de soportar una presión que pocos seres humanos experimentan en su vida.
Por eso los grandes Seleccionadores terminan convirtiéndose en auténticos líderes de grupos humanos.
No solamente en entrenadores.
Y si el encuentro llega al tiempo extra, la responsabilidad vuelve a incrementarse.
Porque en ese momento aparece el agotamiento.
La fatiga.
La desesperación.
La incertidumbre.
El marcador empieza a ceder terreno ante la psicología.
Y si la definición llega a los penales, entonces el Seleccionador debe convertirse en un gestor de emociones.
Muchos dicen que los penales son un volado o una lotería.
Para un servidor no lo son.
Existe suerte, por supuesto.
Pero también existe preparación.
Existe análisis.
Existe liderazgo.
Existe capacidad, para identificar quién está preparado emocionalmente para soportar la presión.
Por algo las finales mundialistas definidas desde el manchón penal fueron ganadas por Carlos Alberto Parreira en 1994, Marcello Lippi en 2006 y Lionel Scaloni en 2022.
Y existe otro dato fascinante.
Ninguna Final de Copa del Mundo se ha definido en muerte súbita.
Todas quedaron resueltas dentro de la serie reglamentaria de cinco disparos.
Lo cual nos habla de preparación.
De planeación.
Y de capacidad para trabajar los detalles.
Porque los Mundiales suelen decidirse precisamente en los detalles.
Ahora bien.
Si existe una nación que ha producido algunos de los mejores Seleccionadores de la historia, esa es Argentina.
Y aquí entran dos personajes fundamentales para entender el fútbol moderno.
César Luis Menotti.
Y Carlos Salvador Bilardo.
Dos hombres completamente distintos.
Dos escuelas opuestas.
Dos maneras diferentes de entender el juego.
Menotti defendía la creatividad.
La posesión.
La iniciativa.
El respeto por la pelota.
Bilardo defendía la estrategia.
La preparación extrema.
El detalle.
La obsesión competitiva.
Durante décadas dividieron al fútbol argentino.
Pero ambos terminaron conquistando exactamente el mismo lugar.
La cima del mundo.
Y eso demuestra algo extraordinario.
No existe una única receta para ganar un Mundial.
Lo que sí existe es una condición indispensable.
Convencer a un grupo entero de creer.
Porque el Primer Convencido de que puede ganar la Copa del Mundo siempre es el Seleccionador.
Hoy mismo le puedo decir que de los 48 Seleccionadores que iniciaron esta Copa del Mundo, no más de cinco están verdaderamente convencidos de que vinieron a ganarla. Y de esos cinco, el corazón de uno late con más fuerza que el de los otros cuatro.
¿Usted amigo lector cuál cree que será?
Porque cuando un Seleccionador logra unir 26 voluntades en torno a su mente y corazón, el equipo adquiere una fuerza que trasciende cualquier sistema táctico.
Y precisamente ahí aparece Lionel Scaloni.
Porque resulta muy sencillo analizar al campeón después de levantar la Copa.
Lo difícil es recordar cómo comenzó la historia.
Scaloni llegó rodeado de dudas.
Sin títulos.
Sin experiencia importante en clubes.
Sin el respaldo popular.
Muchos lo consideraban un técnico interino.
Una solución temporal.
Un experimento.
Y fue entonces cuando apareció una figura decisiva.
César Luis Menotti.
El Flaco observó algo que muchos no alcanzaban a ver.
Detectó liderazgo.
Detectó inteligencia.
Detectó capacidad para gestionar grupos.
Y decidió respaldarlo.
Lo protegió.
Lo acompañó.
Lo sostuvo.
Cuando buena parte de la prensa argentina cuestionaba el proyecto, Menotti actuó como escudo institucional.
Y eso también forma parte de una estructura seria de Selecciones Nacionales.
Porque los proyectos exitosos necesitan tiempo.
Necesitan paciencia.
Necesitan convicción.
Necesitan respaldo.
Y sin ese respaldo difícilmente habría existido la llamada “Scaloneta”.
Sin embargo, la historia más poderosa de Qatar 2022 ocurrió lejos de las cámaras.
Ocurrió dentro del vestidor.
Horas antes de disputar la Final frente a Francia.
Y aquí es donde aparece una de esas historias que explican por qué los Mundiales no se ganan únicamente con pizarrones tácticos.
De acuerdo con distintos relatos surgidos alrededor de aquel proceso, la emoción terminó por desbordar a integrantes importantes del cuerpo técnico argentino.
Lionel Scaloni.
Pablo Aimar.
Walter Samuel.
Fueron presa de un momento de emociones acumuladas que solo encontraron la manera de liberarse rompiendo en llanto.
Hombres que llevaban años construyendo ese sueño.
Hombres que entendían perfectamente lo que estaba en juego.
No solamente para ellos.
También para Lionel Messi.
Porque probablemente era su última oportunidad de convertirse en Campeón del Mundo.
Y los jugadores observaron aquella escena.
Lejos de interpretarla como una muestra de debilidad, entendieron algo completamente diferente.
Entendieron compromiso.
Entendieron honestidad.
Entendieron entrega absoluta.
Y según cuentan quienes estuvieron cerca de aquel grupo, fue ahí donde se fortaleció todavía más un pacto interno.
Un pacto de lealtad.
Una promesa silenciosa.
Una convicción compartida.
Messi no podía quedarse sin Copa del Mundo.
El “Mariscal Argentino” tenía que convertirse en CAMPEÓN del MUNDO.
Después de todo lo que había entregado a la Selección.
Después de tantos años soportando críticas.
Después de una final perdida.
Y por eso Argentina jugó aquella Final como la jugó.
Con intensidad.
Con determinación.
Con una entrega absoluta.
Porque cuando los grupos creen alrededor de su líder son capaces de realizar cosas extraordinarias.
Y cuando los líderes creen en su grupo ocurre exactamente lo mismo.
Por eso para un servidor la conquista argentina no puede explicarse únicamente desde la táctica.
Claro que existieron decisiones tácticas brillantes.
La utilización de Di María.
Los ajustes frente a Croacia.
Las modificaciones ante Países Bajos.
Todo eso fue importante.
Pero también existió algo más difícil de medir.
Unidad, Confianza, Sentido de pertenencia. Convicción.
Y esas son precisamente las herramientas más valiosas de un gran Seleccionador.
Porque los buenos entrenadores construyen equipos.
Los grandes Seleccionadores construyen causas.
Y cuando un grupo encuentra una causa común puede superar prácticamente cualquier obstáculo.
Por eso la imagen final de Qatar tiene tanto significado.
Terminó el partido.
Argentina era Campeón del Mundo.
Messi abrazó a Scaloni.
Y según relatan quienes estuvieron cerca de aquella celebración, sus palabras fueron simples.
Pero profundamente poderosas.
“Disfrútalo, Leo”.
Nada más.
Dos palabras.
Pero en esas dos palabras viajaban años de trabajo.
Años de críticas.
Años de presión.
Años de convicción.
El mejor futbolista del planeta estaba reconociendo públicamente a quien había dirigido el proyecto.
Y ahí se encuentra la verdadera esencia de esta historia.
Los Mundiales no se improvisan.
Los campeones tampoco.
Y los Seleccionadores mucho menos.
Por eso inevitablemente regreso al punto donde iniciamos esta conversación.
Rafa Márquez.
¿Puede llegar a ser Seleccionador Nacional?
Por supuesto que sí.
Estoy convencido.
Tiene liderazgo, personalidad, prestigio.
Tiene carácter.
Tiene jerarquía.
Pero todavía le falta recorrer el camino más difícil.
El que recorrieron Pozzo.
Menotti.
Bilardo.
Beckenbauer.
Del Bosque.
Deschamps.
Y Scaloni.
El camino de la gestión.
El camino de la construcción de grupos.
El camino de las decisiones imposibles.
Porque dirigir una Selección Nacional no consiste únicamente en saber de fútbol.
Consiste en saber conducir hombres.
Consiste en administrar crisis.
Consiste en sostener proyectos cuando todos piden destruirlos.
Consiste en tomar decisiones cuando nadie más quiere hacerlo.
Consiste en ganar cuando nadie cree.
Y también en perder cuando todos señalan.
Por eso los entrenadores ganan partidos.
Los grandes entrenadores ganan campeonatos.
Pero los verdaderos Seleccionadores construyen algo mucho más difícil.
Construyen legado.
Construyen historia.
Construyen eternidad.
Y créame amigo lector.
Muy pocos lo consiguen.
Veremos en esta Copa del Mundo quien va a ser el “Inspirador” que lleve a los que creen ciegamente en él.
A alcanzar la “Gloria Eterna” por qué una cosa es segura ese selecto club de 21 hombres está esperando al número 22.
¿Qué tan lejos o qué tan cerca está un mexicano de poder ser parte de ese selecto club?
A Rafa le falta mucho camino por recorrer y aprender para poder hacerse cargo de semejante encomienda.
Pero Javier Aguirre esta ante la última oportunidad de su vida, de dejar Legado y Trascendencia ya que, con el silbatazo final del 19 de Julio, el Vasco se retira y deja atrás 30 años (96-26) de asumir la responsabilidad del banquillo.
Estará en posibilidades de pedirle al destino que lo considere para ingresar al Selecto Club de los CAMPEONES DEL MUNDO…
¿Usted qué cree Amigo Lector…?
Yo le diré mi opinión en la próxima entrega…
Por lo pronto disfrutemos de estas dos primeras fechas de la Ronda de Grupos…
Mientras tanto…
VEREMOS Y DIREMOS…
Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.
Hasta la próxima.
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